En esta sección ofrecemos novedades sobre temas de psicología, salud mental, ciencia, mindfulness, compasión y yoga.
Un espacio para comprendernos, inspirarnos y aprender a vivir con mayor conciencia, compasión y bienestar.
Un enfoque basado en evidencia que promueve flexibilidad psicológica, ayudando a relacionarnos de otra manera con el malestar y a orientar la vida hacia valores significativos.
Mis primeros acercamientos a la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) estuvieron atravesados por preguntas, dudas e inspiración. Como suele ocurrir con los enfoques que luego transforman la práctica clínica, fue la experiencia —y no solo la teoría— la que me permitió comprender cómo ACT modificaría profundamente mi forma de acompañar el sufrimiento humano.
Los valores personales como pulso para el cambio
En tiempos de cambios abruptos en el mundo contemporáneo, donde la cultura ha pasado las fronteras y las reglas del juego basadas en la inmediatez y, paradójicamente, en respuestas tardías o ausentes, con cierta indiferencia.
Estamos viviendo en contextos desafiantes, que superan cualquier intento natural de control para el cambio, la terapia de aceptación y compromiso surgida en la década del 80 sigue vigente en sus principios y análisis del comportamiento y sufrimiento humano.
Enfatizando que la diferencia de los seres humanos respecto a otras especies radica en el lenguaje, o sea en la conciencia y capacidad de asociación como seres verbales.
Los fundadores como Steve Hayes, Kelly Wilson y Kirk Strosahl busca el equilibrio entre procesos de atención y aceptación, el compromiso y los procesos de cambio del comportamiento al servicio de la felxibilidad psicologica guiada por los valores hacia actividades elegidas y significativas (Russo y Forsyth traducción Lic. Maero).
El lenguaje no debió surgir en la especie humana para la diversión, sino que como un modo de escapar al peligro y proteger, luego como modo de organización y control social.
El lenguaje presenta dos características intrínsecas:
Un aspecto beneficioso, habilitando el proceso de autoconocimiento y reflexión, asimismo es muy útil para guiar y controlar las acciones efectivas, eficaces y generadoras de bienestar.
Un aspecto dificultoso, generando pensamientos e imágenes podemos sufrir al asociar conceptos y situaciones presentes con eventos pasados o expectativas del futuro.
Steve Hayes lo expresa claramente "La capacidad autoreflexiva es un arma potencial y poderosa, a la vez que peligrosa".
Cuando pensamos damos por ciertas historias que surgieron, se desarrollaron y se desvanecieron en universo mental, reaccionando y actuando para protegernos o bajo reglas que nos alejan del bienestar y de los valores personales.
Michael Dougher (1994) hizo hincapié en el avance de valores sociales que equiparan la felicidad con ausencia de dolor , ausencia de problemas, ausencia de ansiedad y preocupaciones, a la vez que ciertos niveles económicos y signos estéticos.
Por otro lado la paradoja que lleva a una confusión existencial, en la incesante búsqueda de felicidad las personas se pierden de los valores que conducen a la misma.
Mis primeros acercamientos a la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) fueron un viaje de descubrimiento. Pasé por diferentes experiencias: me hice preguntas, dudé si realmente podría ayudar y, al mismo tiempo, sentí inspiración hasta el enamoramiento. A través de distintos entrenamientos, pude vivir en primera persona lo que, sin saberlo, transformaría mi manera de acompañar el sufrimiento humano.
A diferencia de otras corrientes psicológicas o tendencias contemporáneas que prometen soluciones rápidas o casi mágicas, la ACT mantiene un escepticismo saludable. Conserva el rigor del método científico, pero integra prácticas de atención plena, conciencia del presente, aceptación, y sobre todo, una claridad en los valores personales que orientan nuestras decisiones y acciones.
Su propósito no es eliminar el dolor, sino ayudarnos a relacionarnos de otra forma con nuestras experiencias internas —pensamientos, emociones o sensaciones— y comprometernos con lo que da sentido a nuestra vida.
Desarrollada a fines de la década de 1980 por los psicólogos Steven C. Hayes, Kelly G. Wilson y Kirk Strosahl, la ACT surge de la Teoría de los Marcos Relacionales y del Contextualismo Funcional. Estas bases explican que el sufrimiento humano nace de procesos psicológicos normales, evolutivos y funcionales, vinculados al lenguaje y a nuestra capacidad de imaginar, recordar y anticipar.
El contextualismo funcional entiende al comportamiento humano como inseparable del contexto histórico, biológico y social. Desde esta mirada, pensar, sentir, atender o recordar son conductas que solo pueden comprenderse dentro del entramado vital en el que ocurren.
Durante mucho tiempo, el paradigma médico tradicional influyó en la psicología clasificando como “patológicos” fenómenos que, en realidad, forman parte de la experiencia humana normal. ACT cuestiona esa mirada: no busca suprimir el malestar, sino generar flexibilidad psicológica, la capacidad de actuar de forma coherente con los propios valores incluso cuando aparecen emociones difíciles.
Como señalan Hayes, Strosahl y Wilson, la salud no es la ausencia de sufrimiento, sino la capacidad de sostener una vida significativa en su presencia.
La ACT no intenta cambiar el contenido de lo que pensamos o sentimos, sino la relación que establecemos con esos eventos internos. Propone observar los pensamientos con distancia —un proceso llamado defusión— para reconocerlos como lo que son: pensamientos, no verdades absolutas.
También invita a clarificar nuestros valores, esas direcciones vitales que nos orientan cuando todo parece incierto. Por ejemplo, “ser una madre presente”, “vivir en contacto con la naturaleza”, “mantener una vida espiritual activa” o “ser comprensivo y cálido”.
El cambio se vuelve posible cuando las acciones diarias se alinean con esos valores, más allá del malestar.
En lugar de luchar contra lo que sentimos, la ACT nos anima a abrirnos a la experiencia completa de estar vivos. Comprender que las emociones dolorosas forman parte del viaje humano nos devuelve agencia y compasión.
Cultivar esa brújula interior —los valores que nos sostienen— nos permite transitar los desafíos con coherencia y propósito, eligiendo avanzar con integridad incluso en medio de la incomodidad.
ACT nos enseña que no hay vida sin dolor, pero sí puede haber sentido en cada paso, integrando la sensibilidad por la naturaleza propia de las respuestas intuitivas es una propuesta pragamática de trabajo orientado a un proceso de cambio conciente y significativo.
"A veces oyes una voz que te llama desde el otro lado de la puerta, como oye las olas un pez fuera del agua: Vuelve, Vuelve. Este volverte hacia lo que amas profundamente, te salva." Rumi
Nutrir con conexión, seguridad y calma
Psicología, budismo y apego
Mucho tiempo esquivé mi formación con la Terapia Focalizada en Compasión. Algo me resultaba forzado; temía que niegue esas partes enojadas y duras que todas las personas tenemos. Pero cuando me entrené, y seguí entrenándome, descubrí el papel trascendental que tiene incorporar la autocompasión en la salud mental.
Junto a mis consultantes, descubrimos el poder de la amabilidad y la visibilidad de la vulnerabilidad, tan importante para humanizar nuestros vínculos.
Inspirada también en los aportes de Kristin Neff, pionera en la investigación sobre autocompasión, y de Tara Brach, quien difundió la práctica del mindfulness y la aceptación radical, la CFT propone un camino de reconciliación con nuestra humanidad: reconocer el sufrimiento sin huir de él, y aprender a ofrecernos el mismo cuidado que daríamos a alguien que amamos.
La Terapia Centrada en la Compasión (CFT) es un enfoque psicoterapéutico derivado de la Terapia Cognitivo Conductual (TCC), desarrollado por el psicólogo británico Paul Gilbert. Integra aportes de la psicología evolutiva, la neurociencia y el mindfulness para ayudar a las personas a regular emociones difíciles mediante el cultivo de la autocompasión y la amabilidad hacia uno mismo.
Inspirada también en los aportes de Kristin Neff, pionera en la investigación sobre autocompasión, y de Tara Brach, quien difundió la práctica del mindfulness y la aceptación radical, la CFT propone un camino de reconciliación con nuestra humanidad: reconocer el sufrimiento sin huir de él, y aprender a ofrecernos el mismo cuidado que daríamos a alguien que amamos.
El modelo de CFT combina técnicas de la TCC con principios de la psicología evolutiva, social y budista, y los hallazgos más recientes de la neurociencia afectiva.
Su propósito es entrenar la motivación compasiva, una capacidad que integra intención, cognición, compromiso y acción hacia el alivio del sufrimiento propio y ajeno.
El cerebro humano, diseñado para la supervivencia, prioriza la detección de amenazas y la defensa. Por eso, la calma y la conexión no surgen de manera espontánea: deben ser cultivadas.
Las técnicas de CFT buscan activar los sistemas neurobiológicos asociados con la seguridad, la empatía y la regulación emocional, generando condiciones internas propicias para el bienestar.
La CFT propone una práctica activa de la compasión que incluye cinco dimensiones:
Reconocer el sufrimiento propio o ajeno.
Resonar con empatía ante ese sufrimiento.
Desear aliviarlo, con intención genuina.
Ofrecer comprensión y bondad frente al error o la caída.
Actuar hábilmente hacia el alivio del sufrimiento.
Como subraya Kristin Neff, “no podemos ofrecer compasión auténtica a otros si no aprendemos a ofrecérnosla primero a nosotros mismos”.
A menudo, la compasión se confunde con lástima o debilidad. Sin embargo, la investigación científica muestra que cultivar la autocompasión fortalece la resiliencia, la regulación emocional y el bienestar psicológico. No es complacencia, no es egoísmo, es coraje para ver el dolor con claridad y responder con sabiduríam.
La práctica diaria de la compasión —a través de la atención plena, el lenguaje interno amable y los pequeños gestos cotidianos— reduce la autocrítica, las preocupaciones y la fusión con los pensamientos negativos.
Nos recuerda que todas las personas compartimos una misma condición humana: todas sufrimos, todas deseamos ser felices.
Como dice Tara Brach, “La compasión no borra el dolor, lo abraza con ternura”.
La psicoterapia de los años 70 abrió la puerta a una integración entre ciencia y espiritualidad, reconociendo que el bienestar no solo depende de la eliminación del malestar, sino de la capacidad de vivir con propósito y conexión.
Cultivando valores de conexión y cuidado en tiempos de materialismo
«La imperfección no es nuestro problema personal, es una parte natural de la existencia.» Tara Brach
Los seres humanos desde el primer aliento, la necesidad de conexión, amor y seguridad son la base de la continuidad de la vida. Para ser parte del mundo los seres humanos tenemos principios, acuerdos y reglas.
Es tan compleja la conexión entre salud mental, bienestar y ciencia, que intentaré hacer un analisis y aporte para la comprensión de la necesidad de nutrir a la psicologia cientifica de espiritualidad, para un mundo mejor.
Hemos visto crecer a un ritmo veloz el mito de la felicidad, está relacionado con la idea de que la felicidad es un estado constante de placer o satisfacción, y que se puede alcanzar mediante la consecución de ciertos logros materiales o el cumplimiento de expectativas sociales. Sin embargo, investigaciones recientes en psicología y neurociencia demuestran que la felicidad no es un estado fijo ni un objetivo fácil de alcanzar, sino una experiencia compleja y dinámica influenciada por muchos factores internos y externos.
Las propuestas en psicoterapia y ciencia han evolucionado, partiendo de la potencia del cambio que otorgan las terapias del comportamiento, integrando la meditación —Vipassana y Samatha— y la compasión como intervenciones provenientes de la espiritualidad. Lejos de buscar eliminar el malestar, estas prácticas nos enseñan a relacionarnos con él de manera más flexible y consciente.
Desde mi recorrido personal y profesional, el yoga ha sido un pilar fundamental para manejar mis niveles de ansiedad elevados, los pensamientos catastróficos, una mente rumiante y un sistema nervioso hiperreactivo.
La terapia cognitivo conductual amplia su perspectiva integrando la espiritualidad y la de un modo auténtico observamos el cambio radical en mi trabajo y confianza .
Necesitamos sentir un cierto grado de control y seguridad, de base lo que está directamente vinculado con la regulación del sistema nervioso y la relajación fisiológica.
Es decir, nuestra mente no puede explorar con apertura si nuestro cuerpo se siente en peligro.
Sin embargo, la cultura moderna nos ha llevado en otra dirección, hacia afuera. Buscando encontrar la felicidad a traves de logros materiales, status y priorizar empleos que incrementen los ingresos.
David Myers lo llama la Paradoja Americana: a medida que los ingresos y el bienestar material han crecido, también lo ha hecho la insatisfacción.
Un estudio de Daniel Kahneman y Angus Deaton demostró que, una vez cubiertas las necesidades básicas y de desarrollo personal, ganar más dinero no aumenta el bienestar subjetivo. La única excepción ocurre en países empobrecidos, donde un aumento en los ingresos sí mejora la calidad de vida de manera significativa.
Si el dinero no nos da felicidad más allá de cierto punto, ¿qué es lo que realmente buscamos?
En 1967, una investigación reveló que la mayoría de los jóvenes creía que el propósito de la vida era encontrar una filosofía de vida significativa. Con el avance de la posmodernidad, esta perspectiva se revirtió: hoy, muchas personas priorizan el éxito económico, el estatus y la acumulación material como objetivos de vida.
Pero, paradójicamente, la ciencia ha demostrado que la riqueza no garantiza una mayor felicidad. Entonces, ¿qué es lo que nos permite sentirnos realmente plenos?
Las terapias contextuales nos invitan a explorar una respuesta diferente. Desde la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) hasta la Terapia Basada en Procesos (PFT), estos enfoques nos ayudan a desarrollar una relación más sabia y compasiva con nuestras emociones y pensamientos, permitiéndonos encontrar significado más allá del consumo y el rendimiento.
En un mundo que nos empuja constantemente a hacer más, tener más y ser más, el verdadero desafío es detenernos, escuchar, y conectar con lo que realmente importa.
Mi labor como psicóloga y facilitadora de mindfulness es acompañar a quienes buscan transitar este camino, integrando ciencia, espiritualidad y herramientas basadas en la evidencia para afrontar la ansiedad y el estrés desde un enfoque profundo y transformador.
Si sientes que, a pesar de «tenerlo todo», aún hay algo que falta, tal vez sea momento de mirar en otra dirección. ¿Hacia dónde?
Hacia adentro.
La adaptación hedónica (o «el efecto de la adaptación»): Según estudios realizados por psicólogos como Philip Brickman y Donald T. Campbell (1971), las personas tienden a «adaptarse» a circunstancias externas positivas o negativas con el tiempo. Esto significa que, aunque un logro importante, como ganar dinero o tener éxito en una carrera, puede hacernos felices en el corto plazo, con el tiempo, nuestra satisfacción tiende a volver a niveles previos, un fenómeno conocido como «adaptación hedónica». Este concepto fue explorado más recientemente por Sonja Lyubomirsky en sus investigaciones.
La importancia de las relaciones sociales: Diversos estudios, incluidos los realizados en el Harvard Study of Adult Development, han mostrado que las relaciones personales cercanas y de apoyo son uno de los factores más predictivos de la felicidad a largo plazo. Estas relaciones proporcionan un sentido de pertenencia, apoyo emocional y propósito, elementos esenciales para el bienestar.
El papel de la gratitud: Investigaciones recientes indican que practicar la gratitud de manera regular puede aumentar significativamente el bienestar. Robert Emmons, un experto en psicología positiva, ha encontrado que las personas que practican la gratitud regularmente experimentan una mayor satisfacción con la vida y una mayor salud física y emocional.
La conexión mente-cuerpo: Los estudios en neurociencia sugieren que el cerebro tiene una capacidad notable para cambiar y adaptarse, un fenómeno conocido como neuroplasticidad. Investigaciones como las de Richard Davidson, en colaboración con el Dalai Lama, han demostrado que la meditación y las prácticas de mindfulness pueden aumentar la actividad en áreas del cerebro asociadas con el bienestar y la regulación emocional, promoviendo una sensación de felicidad más profunda y duradera.
El impacto de la narrativa personal: El modo en que interpretamos nuestras vidas tiene un gran impacto en nuestra felicidad. Dan Gilbert, autor de Stumbling on Happiness, sostiene que las personas a menudo sobreestiman lo que los eventos futuros les traerán en términos de felicidad. A menudo, el simple acto de dar sentido y contexto a nuestras experiencias puede ser más relevante para la felicidad que los eventos externos mismos.
Podemos ver que la ciencia contemporánea ha dejado claro que la felicidad no se basa únicamente en la búsqueda de logros materiales o en la «obtención» de cosas externas. Más bien, se trata de una combinación de factores internos como las relaciones, la gratitud, las percepciones de nuestras experiencias y el manejo de nuestras emociones. La clave para una vida más feliz y significativa puede residir en prácticas que fomenten la conexión con el presente, el cuidado de las relaciones y la reinterpretación de nuestras propias narrativas.
El Desafío del Mundo Moderno: El Éxito a Costa del Bienestar
El auge del burnout y la hiperproductividad:
Christina Maslach (1981) identificó el burnout como una crisis de agotamiento, despersonalización y baja realización personal.
La OMS reconoció el burnout como un fenómeno ocupacional en 2019.
La paradoja del trabajo excesivo:
Estudios longitudinales (Kim-Prieto et al., 2005) muestran que, si bien el éxito laboral puede generar satisfacción inicial, la felicidad sostenida no se correlaciona con el exceso de trabajo.
El «Hambre Espiritual» en la modernidad (David Myers, 2000):
A pesar del progreso económico, el vacío existencial ha aumentado.
Las terapias basadas en mindfulness han surgido como respuesta a esta desconexión del presente.
Las terapias de tercera ola han surgido como una respuesta necesaria a una sociedad que prioriza el rendimiento sobre el bienestar. Más que eliminar el malestar, nos enseñan a convivir con él de forma flexible y consciente, dándole un sentido más allá de la productividad.
Los años 70 marcaron un punto de inflexión en la psicoterapia, con la irrupción de la espiritualidad y la meditación como herramientas de transformación psicológica. Este cambio se dio en respuesta a una creciente insatisfacción con los enfoques tradicionales y al auge de movimientos contraculturales que buscaban un sentido más allá del materialismo y la racionalidad occidental.
El Contexto Social y Cultural
La Guerra de Vietnam, la crisis del petróleo y el desencanto con el «sueño americano» llevaron a una búsqueda de sentido más allá del éxito económico.
El auge del movimiento hippie promovió valores de paz, conexión con la naturaleza y exploración de la conciencia.
Las filosofías orientales, antes marginales en Occidente, se popularizaron con figuras como Alan Watts y Krishnamurti.
La Influencia de la Meditación y el Mindfulness en Psicoterapia
Jon Kabat-Zinn introdujo el Mindfulness en la medicina y la psicología con su programa de Reducción del Estrés Basado en Mindfulness (MBSR) en 1979.
Richard Davidson y otros neurocientíficos comenzaron a estudiar los efectos de la meditación en el cerebro, mostrando cambios en la regulación emocional y la reducción del estrés.
Daniel Goleman, con su libro La mente meditativa (1977), ayudó a difundir el interés por el mindfulness y la inteligencia emocional.
¿Por Qué la Espiritualidad Ganó Terreno en la Psicoterapia?
La evidencia científica comenzó a validar los beneficios de la meditación para el bienestar mental.
Se identificó que la búsqueda de sentido y valores personales es clave en la salud psicológica.
La crisis del materialismo llevó a cuestionar el modelo occidental de éxito basado solo en el logro económico.
Vivir con ansiedad no es falta de voluntad, es un esfuerzo constante por encontrar calma en medio de un cuerpo que insiste en correr.
La ansiedad es una emoción, como tales, las emociones son reacciones psicobiológicas básicas, un medio de comunicación y conexión del organismo con el entorno. La función esencial de la ansiedad es dar aviso de posibles problemas futuros. Es una respuesta natural y necesaria para la supervivencia humana, ya que impulsa al organismo a accionar para protegerse de posibles peligros. Sin embargo, cuando la ansiedad deja de ser funcional y se vuelve persistente o desproporcionada, puede limitar nuestra vida y alejarnos de lo que realmente valoramos.
La ansiedad es una reacción común ante eventos como exámenes, problemas laborales, mudanzas o decisiones de salud. Puede ayudarnos a concentrarnos, impulsarnos y adaptarnos a contextos cambiantes. Se manifiesta a través de preocupación, inquietud y miedo ante lo incierto.
Fisiológicamente, prepara al organismo para la acción a través de la activación del sistema nervioso simpático, desencadenando la respuesta de «lucha, huida o congelación». Esto implica:
Liberación de adrenalina y cortisol.
Aumento del ritmo cardíaco y la respiración.
Tensión muscular.
Activación de la amígdala, clave en el procesamiento del miedo.
La ansiedad no es problemática en sí misma. Se vuelve problemática cuando la respuesta a ella (evitación, control excesivo, fusión con pensamientos catastróficos) restringe nuestra vida y nos aleja de lo que importa. La ansiedad es una emoción, al igual que el miedo, la tristeza o la alegría.
La ansiedad tiene una función vital, protegernos, impulsarnos y motivarnos a encontrar y desarrollar acciones apropiadas para afrontar distintas situaciones amenazantes o nuevas -desafíos- de forma rápida y eficaz. Aceptarla es aceptar nuestra naturaleza.
Numerosos estudios han demostrado que la ansiedad involucra alteraciones en estructuras cerebrales clave:
Amígdala: Procesa el miedo y activa respuestas de alerta.
Hipocampo: Relacionado con la memoria y la interpretación de experiencias pasadas.
Corteza prefrontal: Regula la toma de decisiones y la evaluación de amenazas.
A nivel neuroquímico, la ansiedad está asociada con desequilibrios en neurotransmisores como serotonina, dopamina y GABA, lo que puede influir en el estado de ánimo y la respuesta al estrés.
Tanto la ansiedad como el miedo surgen ante señales de peligro, pero se diferencian en:
Miedo: Centrado en el presente, se activa ante una amenaza concreta e inmediata (ejemplo: un auto que se acerca rápidamente).
Ansiedad: Centrada en el futuro, responde a amenazas difusas e inciertas (ejemplo: preocupación por un examen o una relación).
En resumen, la ansiedad anticipa posibles peligros, mientras que el miedo responde a peligros presentes y reales.
La ansiedad en sí misma no es peligrosa, es beneficiosa para proteger la vida. Se convierte en un problema cuando la evitación y el control excesivo gobiernan y las acciones para el crecimiento personal y una vida plena se ven inhibidas. La lucha contra la ansiedad puede hacer que se transforme en el centro de nuestra existencia, y por no tener certeza de los resultados futuros, limitar las acciones del presente vaciando de sentido y propósito la vida.
No hay otro peligro. Ya vimos que sirve y mucho, es cierto que se puede sentir muy desagradable y eso llevarnos a ser muy creativos y creativas a la hora de querer librarnos de ella, poniendo tanto trabajo allí puede alejar de lo que realmente importa.
Desde la infancia, se nos enseña a interpretar la ansiedad y otras emociones displacenteras como debilidad o enfermedad. La cultura moderna, con su énfasis en el confort y la felicidad constante, fomenta una lucha contra la incomodidad emocional, lo que refuerza la idea de que la ansiedad debe ser eliminada.
Sin embargo, las emociones son señales internas valiosas que nos ayudan a adaptarnos a los cambios y a tomar decisiones.
La ciencia deja en evidencia que al tiempo que se incrementó el confort y comodidades, aumentó la búsqueda desesperada por evitar la incomodidad.
Las emociones son un excelente medio de comunicación, son señales internas sobre lo que ocurre dentro y fuera de nuestro mundo interno, sin ellas no sería posible actuar ante los cambios.
Sin ansiedad, no podríamos detectar riesgos en nuestras relaciones, cuidar nuestra salud o prepararnos para situaciones importantes. Estaríamos menos motivados para actuar en contextos sociales o académicos, afectando nuestro desempeño y bienestar.
Sería imposible estudiar y rendir exámenes sin evaluar cuando algo valioso se pone en riesgo, ante la desagradable experiencia de ser evaluados evitaríamos cualquier situación similar. Cómo haríamos para actuar socialmente en un grupo nuevo, en un empleo con gente nueva o con una persona que nos atrae, sin tener señales de peligro (por ejemplo el ser rechazados, perder un trabajo o pasar el ridículo).
La ansiedad se manifiesta en tres áreas:
Cognitiva: Pensamientos, imágenes, recuerdos.
Fisiológica: Tensión, sudoración, taquicardia, mareo.
Motora: Acciones de evitación, escape o lucha.
Cualquier situación que implique una posible amenaza o peligro, ya sea externa (un examen, una entrevista) o interna (pensamientos catastróficos, recuerdos de experiencias pasadas).
La ansiedad problemática suelen estar asociados con tres patrones cognitivos:
Visión del mundo peligroso.
Percepción de sí mismo como vulnerable.
Futuro incierto e incontrolable.
Un tratamiento adecuado debe centrarse en ayudar al paciente a construir una vida significativa, más allá de la ansiedad.
La ansiedad será parte de la existencia humana siempre! La ansiedad se vuelve disfuncional cuando los intentos de control y evitación de síntomas se convierten en el foco central de la vida, restringiendo la acción y el bienestar. Se trata de notar cuando las acciones dirigidas a vivir plenamente quedaron superadas por las acciones dirigidas a evitar experimentar ansiedad. Aquí es conveniente buscar ayuda profesional si los intentos que se pusieron en marcha no funcionaron.
Evitar sensaciones corporales.
Intentar suprimir pensamientos.
Evitar situaciones que generan ansiedad.
El control y lucha contra la ansiedad es responsable de que la ansiedad se transforme en el centro de la vida de una persona.
Sí. La clave no es eliminarla, sino aceptarla y aprender a convivir con ella mientras seguimos avanzando en lo que valoramos.
Sí, imposible no hacerlo. La clave no es eliminarla, ni controlarla, sino reconocerla y aprender a convivir con ella mientras seguimos avanzando en lo que valoramos.
Lo que resiste, persiste
El sendero es aceptarla, hacerle espacio y generar la experiencia de sentido más allá de su presencia.
Hay diferentes manifestaciones de la Ansiedad problemática, adherimos a los nuevos enfoques dimensionales y solo nos servimos a modo comunicativo por las categorias diagnosticas del DSM-5, los principales trastornos de ansiedad son:
Mutismo Selectivo: Incapacidad de hablar en situaciones sociales específicas, a pesar de poder hacerlo en otros contextos.
Trastorno de Ansiedad por Separación: Ansiedad excesiva al separarse de figuras de apego, más frecuente en la infancia pero también presente en adultos.
Trastorno Obsesivo Compulsivo No se integra más en los llamados Trastornos de Ansiedad.
Trastorno relacionados con Traumas y factores de Estrés. Cabe destacar que el DSM-5 separa los Trastornos Relacionados con el Trauma y el Estrés (como el TEPT) de los trastornos de ansiedad.
Imagina que la ansiedad es como una reportera meteorológica que se enfoca principalmente en una nube oscura y amenazante en el horizonte, mientras ignora por completo el cielo azul claro y soleado que predomina en la mayor parte del área.Esta reportera de la ansiedad se centra en los aspectos negativos y peligrosos del clima, exagerando la importancia de la nube oscura y generando preocupación innecesaria en la audiencia. Ignora deliberadamente los datos que indican que la nube oscura probablemente se disipará antes de llegar a la región, y que no representa una amenaza real para la mayoría de las personas.En lugar de proporcionar un panorama equilibrado y objetivo de las condiciones climáticas, esta reportera de la ansiedad crea un estado de tensión y nerviosismo en quienes la escuchan, enfocándose únicamente en lo negativo y omitiendo información tranquilizadora. Así como esta reportera de la ansiedad selecciona selectivamente la información negativa de la nube oscura, dejando de lado los aspectos no peligrosos del clima, las personas que experimentan ansiedad a menudo tienden a enfocarse en las preocupaciones y peligros potenciales, ignorando las realidades más positivas y tranquilizadoras de una situación.
¿Cuántas décadas de estudios han demostrado el impacto de la consciencia en el cuerpo?
Un Enfoque Integral para el Bienestar
A lo largo de mi carrera las intervenciones basadas en el cuerpo fueron abarcando espacio en mis consultas, vi crecer emocionalmente y flexibilizarse psicológicamente a mis consultantes con las clásicas técnicas de relajación muscular, respiración diafragmática, el lugar seguro, luego fue desarrollando el camino de mindfulness y compasión invitando a detenerse en cada momento de la sesión que la activación de la rama simpática del sistema nervioso autónomo comenzaba a manifestarse en la respiración, palpitaciones tensión muscular, fui viendo los beneficios de la pausa y reconocimiento de la experiencia, del respeto por el ritmo del sistema nervioso y ofreciendo recursos para poder regularse y volver a un ritmo seguro para continuar. Con las prácticas de atención plena a la respiración, a la experiencia corporal en unos segundos, o autocompasión que llegaban agobiados/as, con miedo o anhedonia.
La respuesta la ofrecen décadas de estudios, la ciencia ha explorado ampliamente cómo nuestra mente influye en nuestra biología, y los hallazgos son sorprendentes.
Tres pilares fundamentales emergen de esta investigación: Consciencia, Intención y Acción. Estos no solo están interconectados, sino que también son esenciales para el bienestar integral.
Consciencia: La puerta de entrada al momento presente
La consciencia implica la capacidad de estar presentes y atentos a nuestras experiencias sin juzgarlas. Estudios han demostrado que los programas de Reducción de Estrés Basados en Mindfulness (MBSR) y la Terapia Cognitiva Basada en Mindfulness (MBCT) mejoran la memoria a corto plazo y la flexibilidad cognitiva. Además, estos beneficios se relacionan con una mayor auto-conciencia y una menor reactividad emocional (BioMed Central, Mindful).
Intención: mapa hacia el cambio
La intención en mindfulness se centra en los objetivos y la motivación detrás de la práctica. Estudios han identificado cómo la claridad en la intención mejora la relación con pensamientos y emociones, facilitando un mayor bienestar (Frontiers). Cuanto más clara es nuestra intención, mayor es el impacto positivo de la práctica.
Acción: Transformar el conocimiento en experiencia
Llevar la consciencia y la intención a la acción es clave para generar cambios reales. Las investigaciones muestran que la práctica de mindfulness mejora la regulación emocional, reduce la reactividad y potencia la empatía. Un análisis de intervenciones basadas en mindfulness reveló que estas prácticas fortalecen la felicidad, la gratitud y la esperanza (BioMed Central, Mindful).
El yoga, una práctica milenaria originaria de la India, ha evolucionado a lo largo de los siglos para integrar cuerpo, mente y espíritu. Originalmente, el yoga estaba estrechamente ligado a prácticas espirituales y de meditación para alcanzar la iluminación, surgiendo cuando los yoguis, algo tiesos de tanto meditar e inspirados por animales estirándose, observan los beneficios de la imitación de esas posturas en la necesidad de flexibilizar sus cuerpos.
En la actualidad, el yoga se ha expandido a nivel mundial y ha sido adoptado en diversas formas, incluyendo enfoques terapéuticos basados en evidencia. Su impacto en la salud mental y física ha sido ampliamente estudiado, demostrando beneficios en la reducción del estrés, la regulación emocional y la conexión con el momento presente.
Desde una perspectiva psicológica, el yoga sensible al trauma se ha convertido en una herramienta clave para mejorar la resiliencia y la flexibilidad psicológica. A través de técnicas de atención plena, respiración consciente y movimientos corporales suaves, esta práctica permite a las personas recuperar la sensación de seguridad en sus propios cuerpos y desarrollar una mayor autocompasión.
El trabajo con el cuerpo a través de las asanas en yoga desempeña un papel fundamental en la regulación del sistema nervioso y en la capacidad de sentir seguridad, según la Teoría Polivagal de Stephen Porges. Esta teoría sostiene que la sensación de seguridad es clave para la autorregulación emocional y la conexión social. Las asanas permiten activar el sistema nervioso parasimpático, en especial el circuito ventrovagal, que está asociado con estados de calma y relajación. A través del movimiento consciente, la respiración y la conexión con el cuerpo, se pueden reducir respuestas de lucha o huida y fomentar una sensación de enraizamiento y estabilidad. Esto genera un estado óptimo para la introspección y la observación sin reactividad, facilitando así la práctica de la meditación.
La socialización y experiencia sentida de mantener vínculos seguros y amables, son una fuente poderosa de bienestar físico y mental, la ciencia de la felicidad cada vez con mayor frecuencia apela a la necesidad de construir una vida en conexión, no se trata de cantidad sino de calidad.
Numerosos estudios se enfocaron en las causas por las cuales hay personas mayores que tienen mayor sobrevida y felicidad, o sea expresan satisfacción vital y aceptación de su vida. Es muy fuerte la evidencia de que la autonomía y la conexión con personas a diario influyen en el resultado. Actividades importantes mantenerse activas en las tareas de la casa, hacer sus compras, charlas con vecinos, llamadas con familiares, tener mascota.
Al integrar la conciencia corporal con la respiración y la atención plena, el yoga no solo ayuda a modular el estrés y la ansiedad, sino que también permite desarrollar una mayor resiliencia emocional. En este sentido, la práctica regular de asanas puede ser un puente para el cultivo de la observación interna y la conciencia plena, herramientas fundamentales para la recuperación de la salud mental.
Respiración Diafragmática: Un regreso a la seguridad interna
Nuestra respiración refleja nuestros estados emocionales. Si es rápida y superficial, puede generar ansiedad. Estudios han demostrado que la respiración diafragmática activa la vía vagal ventral, promoviendo estados de calma. Para practicarla:
Inhala por la nariz, llevando el aire hacia el abdomen.
Observa cómo el vientre se expande.
Exhala lentamente por la boca, con los labios suavemente entreabiertos.
Esta técnica ayuda a regular el sistema nervioso y a reducir la respuesta de hipervigilancia, especialmente en personas que han atravesado experiencias traumáticas.
Relajación Muscular Progresiva: Liberar la tensión
Desarrollada por Jacobson en 1934, esta técnica se basa en tensar y relajar diferentes grupos musculares para aumentar la conciencia corporal y reducir el estrés. Con una práctica constante, se puede aprender a incorporar la relajación en la vida diaria, disminuyendo la reactividad ante situaciones desafiantes.
La combinación de conciencia, intención y acción, junto con prácticas como la respiración diafragmática, relajación, yoga/estiramiento, mantener relaciones amables, actividad cardio ofrecen salud física y mental. La evidencia científica respalda la incorporación, a la psicoterapia, de estas prácticas para una vida con mayor equilibrio y bienestar. La ciencia lo respalda: entrenar la mente impacta positivamente en el cuerpo.
Cuando se ha hecho todo para cambiar las sensaciones, emociones y pensamientos aversivos, hay que cambiar de estrategia
Siempre que no sea posible cambiar una situación dolorosa, se puede trabajar en una actitud amigable con la que afrontar ese sufrimiento.
La relación que establecemos con nuestro propio dolor emocional o físico condiciona cómo viviremos el resto del proceso. La psicología científica viene estudiando cómo el modo de afrontar el malestar —físico o emocional— puede determinar si un evento se transforma o no en un proceso patológico.
La experiencia de vivir nos ofrece datos concretos sobre lo que significa ser humanos. Sin embargo, muchas veces esos datos chocan con las reglas mentales que aprendimos acerca de la felicidad. Creemos que solo podemos estar bien si no sentimos malestar, y así desplegamos infinitos recursos para alcanzar ese ideal y rechazar cualquier atisbo de dolor.
Somos seres racionales, pero también profundamente emocionales, y esa condición nos dota de una sensibilidad que, lejos de ser una debilidad, es fuente de recursos maravillosos para la vida.
Las investigaciones muestran que la evitación vivencial —ese intento constante por controlar o eliminar pensamientos, emociones, sensaciones o recuerdos— suele intensificar el sufrimiento.
Este mecanismo está sostenido por un proceso de fusión cognitiva, un apego rígido a los contenidos de la mente, que nos hace creer que lo que pensamos o sentimos es una verdad literal.
Este proceso no es en sí mismo negativo, pero sí puede volverse un modo inflexible de enfrentar la vida. Dar un paso atrás para observar las vivencias internas, incluso cuando duelen, nos permite verlas como lo que son: eventos pasajeros, no definiciones de quiénes somos.
Imaginá tus pensamientos como hojas y ramas flotando en un río.
El agua es tu conciencia: clara, constante, capaz de observar cómo cada elemento pasa y se transforma. Cada hoja puede ser un pensamiento; cada rama, una emoción o sensación.
Podés mirar el río sin intentar detenerlo. No se trata de que te guste lo que ves, sino de poder decir “sí” a lo que sucede, sin luchar.
Observar los esfuerzos desmesurados por controlar, eliminar o huir de lo que sentimos es el primer paso para soltar la lucha. Ya bastante dolor trae el propio dolor —¿para qué castigarte también por sentirlo?—.
Aceptar no es rendirse, ni conformarse. Es abrir un espacio donde el malestar y la vida puedan coexistir, donde el dolor no impida avanzar.
Las conductas impulsivas, la dificultad para actuar de forma eficaz y la obsesión por evitar el malestar suelen alejarnos de lo que realmente valoramos.
Cuando elegimos decir sí a la experiencia interna, abrimos un camino más amplio y flexible, guiado por nuestros valores personales.
Aceptar no elimina el dolor, pero lo transforma en sabiduría.
Y en esa aceptación silenciosa, comienza una vida más plena, valiosa y humana.
«He llegado estoy en casa» Thich Nhat Hanh
Migrar no solo implica cambiar de geografía, sino también reconstruirse. El desarraigo, la nostalgia y la adaptación pueden desafiar incluso a las personas más resilientes.
Por lo tanto el cambio de residencia implica mucho más que cambiar de país, la vivencia de desarraigo es un fenómeno que se produce cuando una persona o familia, por alguna u otra razón -mudanzas, razones laborales, estudio, formación profesional, guerras, exilio, violencia, búsqueda de mejora vital, etcétera- cambian su lugar de residencia.
Se caracteriza por la pérdida de patrones culturales, interpersonales (grupos de pertenencia), representaciones sociales, localidad y espacios físicos.
Es un gran desafío que demanda procesos de adaptación psicosocial.
Según la psicología científica, el desarraigo y la pérdida de vínculos generan un tipo de estrés particular que puede manifestarse como ansiedad, tristeza o sensación de no pertenencia. Sin embargo, las investigaciones también muestran que mantener la conexión social, cultivar la flexibilidad psicológica y encontrar un sentido de propósito son claves para atravesar el proceso de adaptación. En los últimos años, enfoques como el mindfulness, la compasión y la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) han demostrado ayudar a las personas migrantes a fortalecer su resiliencia emocional y reconstruir una vida con sentido en un nuevo entorno.
Actualmente el mundo se encuentra en una constante actividad migratoria producto de diferentes causas: pobreza, guerra, violencia, trabajo precario, búsqueda de mejorías para el futuro, estudios, trabajo, etcétera.
Estos cambios que nacen de la intención de mejorar en algún aspecto de la vida, implican un proceso de adaptación cultural, en el ámbito psicológico se habla de este fenómeno como estrés aculturativo. Esto lo despierta la ausencia de referentes culturales, usos y costumbres compartidos a lo largo de la vida.
Esto ha representado un desafío a la psicología sanitaria, para poder abordar los tratamientos psicológicos con intervenciones basadas en una visión transcultural.
La adaptación psicosocial es difícil e involucra:
La pérdida: personas, lugares, recuerdos, la ciudad, el trabajo
La incertidumbre: lo nuevo lamentablemente no siempre es claro, todo es desconocido, novedoso e imprevisible
Lo traumático: lamentablemente estos procesos cuando son motivados por sucesos atroces caracterizados por la violencia, no dejan de dejar severas marcas produciendo Estrés Post Traumático o Trastornos de Ansiedad son extremadamente frecuentes.
La ansiedad y sus trastornos deben ser tratados por la psicología sanitaria y dar respuestas contextuales.
En Psicología y con el avance tecnológico que favorecen las terapias online, hoy es posible encontrar terapetuas sensibles a las nuevas demandas con intervenciones en función de las necesidades transculturales.
La Psicología que se ha venido a denominar transcultural se plantea entre sus objetivos dar cuenta y atender a los procesos y factores implicados en la relación entre salud mental y diversidad cultural.
Claves psicológicas para adaptarte sin perderte a vos mismo/a
Aceptá tus emociones
La tristeza, la culpa o el miedo no son fallas: son parte del proceso. Reconocer lo que sentís es un acto de salud mental.
Conectá con otros
No atravieses el cambio en soledad. Crear vínculos nuevos o mantener el contacto con quienes te conocen puede marcar una gran diferencia.
Mantené vivas tus raíces
Escuchar tu música, cocinar tus comidas o hablar tu idioma te conecta con tu historia y te da sostén en los momentos de incertidumbre.
Construí nuevas rutinas
El cuerpo y la mente se sienten más seguros cuando hay estructura. Pequeños hábitos diarios aportan estabilidad en medio del cambio.
Dale sentido a tu experiencia
Preguntate qué valores te trajeron hasta acá. Vivir de acuerdo con ellos, incluso en un entorno nuevo, da dirección y propósito.
Practicate autocompasión
No te exijas perfección. Tratarte con amabilidad ante los tropiezos fortalece tu bienestar emocional y tu capacidad de adaptación.
La clave de la felicidad
Presencia, intención y actitud en el desarrollo de la felicidad.
Por Revista Yo+
Las acciones son el verdadero corazón del cambio. Aun con errores y aciertos, son ellas las que nos enseñan más que los pensamientos.
Mejorar la calidad de vida comienza con algo simple: observar nuestros hábitos. Distinguir cuáles nos acercan a una vida saludable y cuáles nos alejan es el primer paso. No se trata de eliminar el malestar ni de vivir sin ansiedad, sino de aprender a vivir con conciencia, sentido y amabilidad.
Al despertar, respirá tres veces profundo. Sentí el aire entrar y salir, y soltá la tensión. Mover el cuerpo lentamente antes de comenzar el día prepara la mente para responder, no solo reaccionar.
Las actividades cotidianas —lavar los platos, caminar, conversar, trabajar— son oportunidades para practicar la presencia plena.
Recordá la Metáfora del Semáforo:
🔴 Parar, 🟡 Respirar, 🟢 Relajar.
Tres pasos que pueden cambiar el rumbo de un día agitado.
Hacé algo placentero y fuera de lo habitual: música, baile, escribir, cocinar o simplemente caminar.
Prepará alguna de tus comidas y elegí los alimentos con conciencia. Alimentar el cuerpo también es nutrir la mente.
Sonreí varias veces al día, aunque no tengas ganas. La neurobiología demuestra que la sonrisa activa zonas cerebrales asociadas a emociones agradables.
Respondé con amabilidad a lo que sentís, en lugar de luchar contra ello.
Buscá relaciones sinceras, donde haya apoyo y reciprocidad. La ciencia ha confirmado que los vínculos positivos son el factor protector más poderoso frente al estrés y la depresión.
Practicar autocompasión no es indulgencia, es entrenar una mente más amable y flexible. En momentos difíciles, hablarnos con ternura fortalece la resiliencia emocional y reduce la autocrítica.
La Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) propone esto mismo: cambiar la relación con nuestras emociones, no intentar eliminarlas. Incluso una vida con ansiedad puede estar llena de sentido si caminamos en dirección a lo que valoramos.
Descansar, meditar, moverse, respirar: pequeñas acciones que sostienen la salud integral. Dedicá entre 15 y 40 minutos diarios al silencio, la respiración consciente o movimientos suaves.
Mirar el cielo, tocar una planta o agradecer el día puede parecer mínimo, pero tiene impacto. La gratitud cotidiana mejora el bienestar subjetivo y la conexión social, según múltiples investigaciones.
Diversas investigaciones respaldan estos principios del bienestar:
“Happiness and Life Satisfaction” – Ed Diener
El autor diferencia entre felicidad momentánea y satisfacción profunda, y muestra cómo la conexión social y los valores personales predicen mayor bienestar a largo plazo.
“Positive Psychology Progress” – Seligman, Steen, Park & Peterson
Estudios que validan intervenciones como la gratitud, el optimismo y el cultivo de fortalezas personales.
“Eudaimonic Well-Being and the Science of Happiness” – Carol D. Ryff
Propone que la felicidad no es ausencia de problemas, sino la sensación de crecer, realizarse y vivir con propósito.
“Counting Blessings Versus Burdens” – Emmons & McCullough
Demuestra que practicar la gratitud aumenta la felicidad, mejora el sueño y fortalece los vínculos.
“Subjective Well-Being: The Science of Happiness and a Proposal for a National Index”
Sugiere que el bienestar subjetivo debería medirse como un indicador real de desarrollo humano, al igual que el PBI o los índices de salud.
«El viento de la mañana trae consigo nuevos aromas y cantos de los pájaros, abrite a esa experiencia, respiralo antes de que se vaya» R
La práctica de Mindfulness y Autocompasión son como dos alas de una mariposa, sin una ella no podrá volar, juntas te permiten desplegar la libertad de ser quien sos y estar donde estas, y esto es revelador, cambia la forma en que te relacionas con tus pensamientos, sentimientos, errores y adversidades, cambia tu vida.
Mindfulness, o Atención Plena, es una práctica basada en evidencia que entrena la capacidad de estar presentes en la experiencia del momento actual, con apertura, curiosidad y sin juicio. Su origen se remonta a tradiciones contemplativas orientales, y hoy forma parte de intervenciones psicológicas contemporáneas, especialmente dentro de las terapias contextuales.
La mente humana tiende naturalmente a dispersarse, anticipar, preocuparse o quedar atrapada en historias internas. En el contexto de la vida moderna, esta desconexión del presente se asocia a mayores niveles de ansiedad, estrés y sufrimiento emocional. Mindfulness propone un entrenamiento sistemático de la atención que permite reconocer lo que ocurre, sin reaccionar automáticamente ni intentar eliminar la experiencia.
La práctica regular —a través de ejercicios simples como la meditación— favorece una mayor conciencia de los eventos internos: pensamientos, emociones, sensaciones corporales e impulsos. No se trata de cambiar lo que sentimos, sino de modificar la relación con aquello que sentimos, desarrollando una actitud más flexible y compasiva.
Desde una perspectiva clínica, Mindfulness integra dos dimensiones fundamentales:
Calma y regulación emocional, mediante el entrenamiento de la atención sostenida.
Visión profunda, que permite observar pensamientos y emociones como experiencias transitorias, reduciendo la fusión cognitiva y la evitación emocional.
Este enfoque resulta especialmente relevante en el abordaje de la ansiedad y otros problemas de salud mental, ya que muchas formas de sufrimiento se sostienen por la lucha constante contra las emociones desagradables. Mindfulness facilita el aprendizaje de estar con la experiencia interna sin resistirla, disminuyendo el sufrimiento adicional y ampliando el repertorio de respuestas posibles.
Cuando se practica junto con la autocompasión, Mindfulness fortalece la sensación de seguridad interna, reduce la autocrítica y promueve un trato más amable hacia uno mismo. La compasión implica reconocer el sufrimiento —propio y ajeno— con sensibilidad, sin juzgar, y orientarse a aliviarlo de manera consciente.
Mindfulness no busca que la persona “se sienta bien todo el tiempo”, sino que pueda vivir de manera más plena, conectada y coherente con lo que es importante, aun en presencia de malestar. En este sentido, constituye una herramienta central dentro de los abordajes psicológicos contextuales orientados a una vida con sentido.
Las primeras experiencias de seguridad y cuidado dejan huellas y moldean el sistema nervioso
Durante décadas, la ciencia ha explorado la profunda conexión entre el cerebro, las emociones y el comportamiento humano. Más allá de las diferencias culturales o personales, todos compartimos una misma necesidad biológica: sentirnos seguros y vinculados.
Desde el nacimiento, dependemos de relaciones estables y afectuosas que nos permitan desarrollar confianza, regular nuestras emociones y aprender a habitar el mundo con apertura.
Las experiencias adversas en la infancia —como la pobreza extrema, el rechazo, la discriminación, el maltrato físico o emocional, la negligencia o el abuso— tienen un impacto profundo en el sistema nervioso en desarrollo, especialmente en el nervio vago, un canal clave que conecta el cerebro con el cuerpo.
Estas vivencias, repetidas o intensas, pueden dejar huellas duraderas en la manera en que el cuerpo responde al estrés. Niños criados en entornos donde el afecto o la protección fueron escasos suelen presentar dificultades para regular sus emociones, mantener vínculos seguros o sentirse tranquilos incluso en contextos estables.
Comprender estos efectos desde las neurociencias y la teoría polivagal abre un horizonte esperanzador: nos ayuda a diseñar intervenciones más humanas y efectivas para quienes han atravesado adversidades tempranas.
Según la teoría polivagal, desarrollada por Stephen Porges, el sistema nervioso autónomo responde a las señales del entorno a través de tres vías principales:
Vía vagal ventral (parasimpática): se activa cuando nos sentimos seguros. Favorece la calma, la conexión y las relaciones sociales.
Vía simpática (de movilización): entra en acción ante la amenaza, preparando al cuerpo para luchar o huir.
Vía vagal dorsal (de inmovilización): aparece frente al peligro extremo. El cuerpo se “congela” como estrategia de protección.
Los niños expuestos a traumas pueden quedar atrapados en estados de defensa crónica, alternando entre hiperactivación y desconexión. Su sistema nervioso aprende a sobrevivir, no a confiar.
El amor no es una idea abstracta: es una necesidad biológica.
Las conductas amorosas —miradas, gestos, palabras, abrazos— envían señales de seguridad que calman el sistema nervioso y permiten abrirnos al vínculo.
La teoría polivagal ofrece una explicación científica a experiencias tan humanas como el miedo al rechazo, la vergüenza o la soledad. Un gesto, una palabra o una mirada dispersa pueden activar respuestas de defensa sin que seamos plenamente conscientes.
En 19 años de trabajo clínico he visto cómo la compasión —hacia uno mismo y hacia los demás— puede reparar heridas profundas. Comprender que nuestras reacciones defensivas son respuestas aprendidas, no defectos, nos permite mirarnos con más ternura.
Cuando comprendemos que los comportamientos de supervivencia surgen de una historia de protección, podemos abordarlos desde la empatía y la comprensión, no desde el juicio.
El trauma interrumpe la sensación de seguridad, pero no destruye nuestra capacidad de recuperarla. La terapia basada en la teoría polivagal busca reconectar el cuerpo con el presente, restaurar la confianza y permitir que la energía vital vuelva a circular.
Como describe Porges, “el cuerpo busca seguridad antes que felicidad”.
Solo cuando nos sentimos seguros podemos abrirnos al placer, al juego, al amor y al aprendizaje.
Hoy sabemos que la seguridad emocional no es un lujo, sino una condición biológica para el bienestar.
Desde la neurociencia hasta la práctica clínica, el mensaje es claro: sentirse seguro es la base para poder amar, crear, aprender y vivir plenamente.
“Comprender la biología de la conexión es también una forma de devolver humanidad al sufrimiento.”
Las primeras experiencias de seguridad y cuidado dejan huellas y moldean el sistema nervioso
«El secreto de la existencia humana no sólo está en vivir, sino también en saber para qué se vive» Fiodor Dostoievsky
Conductismo, budismo y psicología
Las Terapias Contextuales, también conocidas como Terapias de Tercera Ola, son una evolución de las terapias cognitivo-conductuales. No buscan eliminar pensamientos o emociones difíciles, sino ayudar a desarrollar una relación diferente con ellos.
Desde esta mirada, el comportamiento humano solo puede comprenderse en el contexto en el que ocurre: la historia personal, el entorno actual y las consecuencias que mantienen determinadas formas de actuar. Por eso, el foco del trabajo terapéutico no está en los síntomas aislados, sino en los procesos que sostienen el sufrimiento.
Uno de esos procesos centrales es la evitación experiencial: el intento constante de escapar, controlar o suprimir emociones, pensamientos y sensaciones desagradables. Aunque esta estrategia puede aliviar momentáneamente, suele generar un efecto contrario a largo plazo, limitando la vida y alejando a las personas de lo que valoran.
Las terapias contextuales proponen un cambio de rumbo
aprender a hacer espacio al malestar, sin que este dirija nuestras decisiones.
La aceptación no implica resignación, sino apertura. Significa dejar de luchar con la experiencia interna para poder elegir cómo actuar. En este camino, la práctica de mindfulness permite observar pensamientos, emociones y sensaciones corporales tal como aparecen, sin quedar atrapados en ellos ni confundirlos con la realidad.
Desde este enfoque, los pensamientos no son hechos. Pensar en el futuro no es el futuro; es solo un pensamiento sobre él.
Otro pilar fundamental del trabajo terapéutico son los valores personales. Los valores dan dirección y sentido a la vida. No son metas a alcanzar, sino maneras de estar y actuar en áreas importantes como los vínculos, el trabajo, la salud, el crecimiento personal o la espiritualidad.
Vivir según valores
Implica elegir acciones que nos acerquen a lo que importa, incluso cuando aparecen miedo, ansiedad o incomodidad. No se trata de sentirse bien para actuar, sino de actuar en coherencia con lo valioso, aun cuando el malestar esté presente.
Este enfoque parte de una comprensión profunda de la condición humana: el sufrimiento es parte de vivir. Rechazarlo suele traer más problemas que soluciones. Aprender a relacionarnos de otra manera con lo que duele abre la posibilidad de una vida más plena, conectada y significativa.
Las terapias contextuales no prometen felicidad constante.
Proponen algo más realista y, a la vez, más potente: vivir bien, con presencia, flexibilidad y sentido.